Juan, inmigrante colombiano: “Pasé de conducir un salón de clases a ser un habitante de calle”

La experiencia de Juan (43), como inmigrante “clandestino” -como él se llama sí mismo-, y su consecuente situación de calle, da luces sobre las odiseas invisibilizadas de un número inestimado de migrantes “irregulares” en Chile. Luego de acusar exclusión y vulneración de derechos, Juan decide retornar a su país ayudado por la Fundación Gente de la Calle.

Algunos datos para contextualizar: según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) el número de personas migrantes en Chile es de 746.465. De los más de 17 millones y medio de habitantes en el país (17.574.003, de acuerdo al CENSO 2017) alrededor de un 4%,correspondería a extranjeros.

Expertos como el director del INE, Guillermo Patillo, han asegurado que aquel 4,35% de migrantes en Chile sería una cifra baja comparada con los países OCDE, aquellos bordearían el 10%.

Diversos sectores especializados concluyen que el fenómeno de la migración genera un gran aporte al desarrollo económico y cultural de la nación, tanto si son trabajadores calificados como no calificados. No obstante, este aporte no sería retribuido en términos de derechos ciudadanos y políticas de inclusión social.

Por otro lado, ante las políticas de expulsión de migrantes con antecedentes, y fuertes críticas a los planes improvisados de retorno -ofrecidos por el gobierno-, crecen las dudas respecto al tratamiento discriminatorio de ciudadanos extranjeros de ciertos países. Entre ellos, Colombia. Una de estas críticas hace referencia a personas que, sin tener asuntos pendientes con la justicia de su país, son víctimas de algún tipo discriminación.

Juan es uno de los 155.707 inmigrantes que vino dispuesto a incorporarse a la fuerza de trabajo del país. Sin embargo, los estigmas de su historia personal s parecen haberlo arrinconado a la calle.

El Programa Bienvenidos, de la Fundación Gente de la Calle, a través de sus alianzas y vínculos con consulados y otras instituciones que trabajan con la población migrante, permitieron apoyar a Juan en la gestiones necesarias para retornar a Colombia. Esta persona logró juntar dinero para irse, pero por diferentes complicaciones perdió el pasaje que había comprado y se vio obligado a permanecer en el país.

Es a causa de esta situación que Juan decidió compartir parte de su testimonio personal. Su intención es que otros extranjeros o compatriotas no se expongan ni cometan los mismos errores él cometió. Esto a riesgo de ser juzgado por el “estigma de ser colombiano”; por la situación de su hijo en Chile y su situación de ingreso ilegal desesperado, como él expresó.

Con el estrés a flor de piel, Juan aprovecha su entrevista también como un desahogo: “La experiencia en calle me ha tenido al borde de la locura”, es lo primero que manifiesta. Y agrega: “me faltarían horas para contarle los padecimientos que he vivido acá. ¿Conoce esa canción de Manu Chao: “Clandestino”? Nunca le había prestado tanta atención… Es tan denigrante que a uno lo traten de ilegal (…) Ahora entiendo como el sistema lo oprime a uno, tanto que no le da ni la posibilidad de ganarse la vida honradamente en otros lados”, comentará.

La travesía y sus motivos

¿Quién es usted, Juan? ¿A qué se dedicaba antes de su situación actual?

“Yo soy licenciado en artes con mención en teatro. Ando trayendo la certificación de ésta y otras capacitaciones (las muestra). Me crié en Medellín, estudié en Manizales y luego viví en Bogotá. Allá trabajaba como docente en fundaciones y en conservatorios de música, pero desde hace varios años me mantenía trabajando en colegios. Yo soy actor. Esa es mi pasión.

(…) En los colegios desarrollaba proyectos artísticos que luego terminaban en una puesta en escena. Hacía todo un proceso, desde el guión hasta la obra, con 40 o 35 niños de un salón de clases. Por eso digo que mi vida cambió drásticamente. Pasé de conducir un salón de clases a ser un habitante de calle.

¿Por qué dejó ese trabajo para venir a Chile?

Para mí es penoso contarlo, pero es la realidad y no se puede ocultar. Mi hijo cayó preso en Chile. Yo había trabajado cinco años seguidos para ahorrar dinero (…) Mi intención era acompañarlo, fortalecerlo y demostrarle que había alguien que lo amaba y que sí se preocupaba de él.

Armé un proyecto de viaje con mi hermana, que fue quien me motivó a venir, y juntos traíamos a mi sobrino. Compré un ticket de avión y vine de forma legal. Por un error que cometí en mi juventud tengo una anotación en mi hoja de antecedentes. No fue grave y se la puedo contar al detalle (…) pero no tengo nada pendiente con la justicia de mi país, aquí está el papel que lo demuestra. Pero por esa situación me devolvieron, pero a Perú, ni siquiera a Colombia.

¿Fue en ese minuto que decidió entrar de forma ilegal?

Estando tan cerca la posibilidad de ver a mi hijo, yo me dije: “no, no me voy para Colombia, ahora me les meto por el hueco”, previendo que yo estaba haciendo un ilícito. Tenía consciencia de las consecuencias que podía asumir, pero no pensé que se iban a agudizar tanto. Pensaba que en algún momento me iba a tocar pagar una multa y listo.

Esa fue mi intención al comienzo, pero al haber entrado de forma irregular no pude ver a mi hijo sino hasta mayo (del 2018), cuando hice el proceso de regularización.

¿Venía para quedarse?

Mi segundo objetivo era también encontrar alguna estabilidad laboral. Aquí el peso vale más que en Colombia y con mejores ingresos no solamente podía crecer como profesional, sino que como ser humano.Y de ese modo brindarle la posibilidad a mi familia de tener una mejor calidad de vida. Estaba mi sobrino que es pequeño, apoyarlo a él era fundamental.

El mal sueño chileno

¿Cómo llegó a la situación en que está ahora?

Me vi enfrentado a una realidad distinta de mis expectativas, primero por la falta de oportunidades y también porque cometí errores que se pagan caro. Sentí la vulneración de los derechos humanos. Falta de oportunidades y falta de información respecto a las posibilidades que el país tiene o no tiene para nosotros los extranjeros.

Viajé con mi hermana, con la esperanza de convivir con ella. A la primera hora de llegar tuvimos una discusión fuerte. Ella llegó a vivir con su pareja, y yo me quedé un tiempo en la calle y otro tiempo pagaba hotel. Llegué con ahorros pero el hotel salía muy caro, 14 o 15 mil por la noche, no había bolsillo que resistiera. Entonces fue a intervalos, unas veces me quedaba en la calle y otras en hotel.

Hubo una persona que me acogió un tiempo, pero el difunto a los 3 días huele feo y más cuando uno no está aportando.

¿Logró trabajar como actor o profesor de teatro acá?

Es era la idea pero no tenía los papeles (…) descarté la posibilidad de buscar trabajo como profesional porque me era imposible convalidar mis títulos. Uno averigua cuánto cuesta la convalidación y resulta que es un infierno de dinero y solo homologan algunas materias y el resto se tiene que volver a cursar. Eso daría para un par de años donde también se debe pagar ese estudio en unos dos millones de pesos anuales. Y esa plata no está.

Pero realmente era tanta la desmotivación y la negación en la que yo estaba en ese momento, lo cerrado que estaba, que pensé en otras alternativas. Trabajar como comerciante era una de ellas.

¿En qué cosas pudo trabajar?

Conseguí trabajo como lavador de autos. Estuve ahí uno o dos meses, pero las expectativas económicas en ese sitio no eran las mejores. Entonces por medio de un conocido logré conseguir un empleo de temporero en Litueche, cerca de Rapel.

Me interné en una parcela cerca de cuatro meses. Ese lugar era un Reality. Ahí estaba en unas condiciones extremas. Estaba con chilenos que habían llegado por diferentes circunstancias, por ejemplo: algunos que luego de algún delito no habían ido a firmar como debían, entonces se escondían allá. Otra gente consumía pasta base. Era un ambiente demasiado pesado. Las circunstancias del espacio no eran las mejores. No había agua, no había luz, no había comida, dormíamos en carpa. No había contrato tampoco.

(…) Yo opté por ese empleo porque me dijeron que pagaban bien: 20 o 30 mil pesos diarios. En el lavado de autos solo ganaba 7 mil u 8 mil diarios. Entonces me quedé allá. Pero para mí fue horrible esa situación porque se había truncado el proyecto de vida que yo tenía y mi autoestima se vino abajo. Mi crecimiento personal y artístico se había truncado. Pero aun así decidí seguir enfrentando las adversidades y me quedé allá los cuatro meses de la temporada.

Proyecto de retorno

¿Y de ahí en adelante qué hizo?

Cuando volví a Santiago me puse a hacer cuchuflís (…) luego chocolatinas y ahora últimamente estaba vendiendo cachureos en la calle. Pero todo es muy inconstante, porque los policías no dejan trabajar.

Después de estar unos tres meses vendiendo cuchuflís en La Florida, logré juntar el dinero para volver a mi país. Me quise ir en agosto. Fueron tres meses trabajando para juntar para el pasaje de vuelta: unos 160.000 pesos. Compré el pasaje y la desilusión fue muy grande al enterarme recién allá que no podía salir.

Los empleados públicos que me “regularizaron”, además de no haberme tratado bien, no me informaron que yo debía pedir un permiso antes de salir de Chile y me devolvieron cuando ya me estaba yendo. Perdí esa plata.

Reclamé que era negligencia pero nada. Luego de muchos trámites y con apoyo de la Fundación, el consulado me apoyó con mi pasaje de vuelta hasta Colombia.

Se nota que está muy afectado. Su testimonio es un desahogo

Cuando llegué a la Fundación yo estaba en una crisis muy fuerte, yo ya quería matar o que me mataran. Entonces me tomaron el relato: que había perdido el pasaje y que no había podido volver. Así comenzamos a buscar las posibilidades de que me devolvieran el pasaje y resultó. (…) Ya no hay voluntad que me atasque en este país.

Por esa situación yo me estaba volviendo loco. Como yo soy artista pensé en hacer algo público: me quería amarrar a la embajada de EE.UU para hacer denuncia pública e informar a los medios de mí situación. Porque no solamente me vulneran el derecho al trabajo, me vulneran el derecho de estar legalmente en este país, porque lo intenté…

Lo más terrible ha sido sentirme desprotegido, vulnerado, humillado y estigmatizado. Irme a vivir a un albergue y que me picaran las pulgas. Ahora ando todo picado por haberme quedado en el albergue del estadio Víctor Jara.

Experiencia en albergues calle

Afortunadamente ha tenido donde alojar estos días

Si hay algo positivo, fue el haber encontrado un albergue. Me permiten bañarme, me dan desayuno y por las noches puedo cenar y acostarme a dormir. De cierta forma la acogida es buena, las relaciones interpersonales son buenas. Pero hay límites y reglas que a veces se exageran y se olvida que se trabaja con seres humanos, que no son animales.

Eso me molesta, pero no se los manifiesto porque sé que me generaría más problemas, si lo hubiera hecho solo me hubiera tirado yo mismo la soga al cuello.

¿Pero cuál es la crítica de fondo que hace desde su experiencia?

Allá las personas en situación de calle simplemente llegan, se bañan, comen y duermen, pero nunca se sabe que se va a hacer con la persona que está en esa condición. (…) Hay una falta de seguimiento (…), desconocen internamente la problemática y no dan otros mecanismos: no hay talleres de formación, no hay un seguimiento, no hay otras posibilidades de poder decirle a la persona: “mire usted, como ser humano vale mucho. Identifique usted lo que quiere, cómo y por qué lo quiere, y cuando lo quiere, y véase a si mismo en 5 años cómo se quiere ver”. Nunca hay una proyección de vida así.

Entonces yo pienso que esa es la carencia: la falta de conocimiento. Por ejemplo hay funcionarios públicos, lo digo desde mi propia experiencia, que no tienen vocación para esto. Simplemente trabajan porque les pagan y ya (…). A lo que yo voy es a la parte humana.

¿Usted requería ayuda en la parte humana?

Sí. Yo he trabajado con fundaciones, trabajé seis años con el ICBF? (Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) que es como el SENAME aquí en Chile. Trabajaba con psiquiatras, con psicólogos, con trabajadoras sociales y con comisarios de familia. Esa experiencia me ayudó a apoyarme a mí mismo. Pero de igual forma tuve que pedir apoyo humano acá, porque la cabeza no me estaba funcionando bien, y mi cuerpo ya sentía el agotamiento. Solo decía “ya no más, me quiero ir” una y otra vez, “estoy enloqueciendo”.

¿En cuanto al trato con la gente, cómo ha sido su experiencia?

Yo puedo decir que los chilenos me han acogido más que la propia comunidad colombiana (…) En la parte personal, son muy amenos, muy afables y bacanos, pero siempre hay una estigmatización que de pronto está muy enraizada en (la figura de) Pablo Escobar. No hay otro tema que hablar.

En cuanto a lo laboral, los chilenos son unos explotadores. Son consumistas en el sentido de que te tienen hasta que no les sirvas. Si tú no les sirves, por algún antecedente o algún malestar (que generes), lo primero que te dicen es “no sirves. Vete para afuera”. Y eso sabiendo que ellos no le están dando a uno un contrato de trabajo y no están pagando lo adecuado. Uno trabaja horas de más.

Ahí es cuando yo digo que aquí no sirvo, porque las personas encargadas de generar empleo, cuando son personas clandestinas o ilegales, lo único que hacen es aprovecharse del migrante.

Empezar de nuevo en Colombia

Luego de esta experiencia que ya se acaba ¿Ya tiene claro cómo se visualiza de aquí a unos años más?

Va a ser bien difícil porque las cicatrices han sido profundas, pero tengo que retomar mi vida. Yo amo el teatro, soy docente y escritor. Entonces por qué no volver a iniciar, así sea desde cero, pero teniendo claro cuál es mi proyecto de vida.

Llegué a Chile, cumplí el objetivo de ver a mi hijo, no en las mejores condiciones pero por lo menos me voy más tranquilo. Aceptando también, que si las circunstancias y oportunidades no se dieron en este país pues la vida no se detiene y hay que continuar.

¿Conoce esa canción de Manu Chao: “Clandestino”? Nunca le había prestado tanta atención. Es tan denigrante que a uno lo traten de ilegal (…). Ahora entiendo como el sistema lo oprime a uno tanto que no le da ni la posibilidad de ganarse la vida honradamente en otros lados”.

¿Alguna última cosa que decir?

Un mensaje a todos mis compatriotas, a los inmigrantes, clandestinos e ilegales que se quieran venir creyendo en falsas promesas y creándose falsas expectativas. Que no dejen su familia, sus hogares y bienestar emocional por venir a pasar dificultades aquí. No se lo recomiendo ni a Hulk el hombre increíble, ni a Superman, ni a ningún otro.

A mí me decía un tío, “el que no escucha consejos no llega a viejo”, pero tampoco nadie aprende por cabeza ajena. Entonces, si viene infórmese bien, lea e instrúyase. No salga a la ligera a buscar un mejor futuro sin prever que usted va a ser vulnerado, lastimado y estigmatizado.

A los entes policiales y empleados públicos, a esos les diría que deberían tomar un curso en relaciones humanas, en relaciones para la vida. En poder entender al ser humano desde sus falencias. En definitiva, que los pocos o muchos funcionarios que he conocido, discúlpeme la expresión, son una mierda.

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